ESPECIAL PUBLICACIÓN DE NAVIDAD
CRISTALES ROTOS
Un niño estaba jugando en la calle del barrio donde vivía, estaba jugando a bailar el trompo concretamente. En uno de sus lances el trompo fue a parar al lado de un banco en el cual habían dejado unos litros vacíos. El niño se dirigió al banco y recogió su trompo pero sus ojos se clavaron en las botellas vacías y su mente empezó a forjar ideas a la velocidad del rayo. Como quien no quiere la cosa, el niño agarró las botellas y se las llevó, mientras caminaba pensaba en lo que podía hacer con dichas botellas (podría meterles un petardo dentro, podría jugar a hacer puntería con ellas, podría ponerlas detrás de un coche para que las reviente o podría…) de repente el chaval tiró con fuerza las botellas en mitad de la calle y echó a correr hacia su casa. La adrenalina, la rebeldía y la sensación de haber hecho algo mal corrían por sus venas.
Al día siguiente por la tarde el niño volvió a salir a la calle, esta vez con una patineta, el chaval pretendía tirarse desde lo alto de una cuesta para recorrer toda la calle de su barrio. Llegó a la cima de la cuesta, se sentó feliz y nervioso en su patinete y se dejó caer suavemente… el patinete empezó a ganar velocidad, más y más velocidad, todo iba sobre ruedas (nunca mejor dicho) hasta que de pronto el patinete se deslizó de la parte de atrás y el niño perdió el control del patinete cayendo al suelo, justamente en la misma parte donde el día anterior el niño había roto los cristales, os podéis imaginar el resto del relato. Ese niño, el cual es ahora un muchacho, tiene cicatrices imborrables en piernas y brazos.
Personalmente yo no creo ni confío en la suerte solo se que desde aquel día el protagonista de esta historia cada vez que ve cristales rotos y botellas en la calle los recoge y los tira a la basura para reciclarlos.
REGALO DE NAVIDAD
Pepe estaba sentado en su coche en la Gran Vía , hacía tiempo escuchando música pues estaba atrapado en un atasco. Estaba lloviendo y era navidad (el día siguiente a noche buena) la calle estaba llena de transeúntes y la decoración navideña de los escaparates de las tiendas y el alumbrado de la Gran Vía proporcionaban una escena lumínica preciosa, típica de esas fechas. Pepe volvía de comprar unos presentes para sus dos hijos y su esposa, tenía prisa por volver a su casa y estar con su familia, quería darles los regalos, quería estar sentado frente a la chimenea al calor del fuego disfrutando de una plácida y tranquila conversación con su mujer o con sus hijos acompañada de un vaso de buen vino. El coche avanzaba lentamente, a lo lejos Pepe podía divisar un agente de tráfico vigilando la circulación. El coche seguía avanzando poco a poco, Pepe se dio cuenta de que había una calle en la que marcaba la señalización dirección prohibida que si la tomaba podría zafarse del atasco, solo era cuestión de arriesgarse. Tomó esa calle, él conducía tranquilamente y cuando estaba a punto de terminar la calle apareció el agente de tráfico para darle el alto.
- ¿Sabe usted que se ha metido en dirección prohibida?- preguntó el agente serio.
- Sí – contestó Pepe.
- ¿Y por qué lo a hecho?- volvió a preguntar el agente.
Pepe se quedó mudo.
-Bueno le voy a dejar marchar, pero porque yo no quiero darle la Navidad , considere esto como un regalo de Navidad-. Contestó si más el agente y se fue.
Pepe se quedó estupefacto y se juró que jamás volvería a hacer algo similar.

