lunes, 3 de enero de 2011

doce uvas y malauva

DOCE UVAS Y MALAUVA

Estaba reunida toda la familia para tomarse las tradicionales uvas puesto que era nochevieja. No faltaba nadie, titos y titas abuelas, los abuelos, los hermanos, los primos y las primas mayores y también pequeños. Los mayores comían, bebían, charlaban para hacer tiempo hasta las campanadas y los niños correteaban, jugaban y chillaban por el salón de la casa.
-Venga que quedan cinco minutos para las campanadas, ¡¡todos a sus puestos!!- dijo la abuela en voz alta.

Así que toda la familia se situó y cada componente cogió su bolsa con  sus uvas correspondientes (comprobando que el número de uvas era el adecuado), a continuación los cuartos y por fin el sonido de las campanadas acompañado por los chasquidos de las mandíbulas machacando las uvas a toda velocidad. El ritual acabó sin ningún ahogado y entonces empezaron los abrazos, los besos y las lágrimas de emoción y felicidad. Pero algo rompió tanta armonía, unos horribles chillidos proferidos por la niña pequeña más problemática de la familia: Carmen la malauva. En un momento ella sola puso histérica a toda la familia y lo peor es que nadie sabía porque lloraba y gritaba. Al final optaron por no hacerle caso excepto una de sus tías que le preguntó el motivo de su llanto. Carmen le dio a entender a su tía que ella no se había comido las uvas antes de que las campanadas acabasen y por tanto ella había perdido. La tía de Carmen sonrió y le explicó a Carmen que el objetivo de las uvas no era ganar o perder, o quedarse por encima de otros sino reunirse con la familia para despedir el año. Con esa explicación Carmen paró de llorar, se dibujó una sonrisa en su cara y se levantó súbitamente para seguir jugando con sus otros primos.
Si alguien le hubiera prestado atención a esa niña y le hubiera preguntado al momento que le pasaba se abría evitado una situación tan embarazosa e inapropiada.

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